La arquitectura española de los años 50 se caracteriza por la impronta historicista que la dictadura impuso como gusto de una época de anhelos imperialistas.

La, sin duda, tibia e incompleta modernización de España y con ella de su estética y su arquitectura llegó a finales de la década con la tecnocracia, el Opus y –sobre todo- la “Escuela de Madrid”.

En España, como en Italia o Alemania, había existido en los años 30 una escuela de arquitectura moderna y racionalista con importantes referentes como Arniches y Domínguez (proyectos para la Junta de Ampliación de Estudios, Hipódromo de la Zarzuela, entre otros). Su legado racionalista se recuperaría tímidamente a partir de finales de los años 50 siendo el precursor el edificio de la Casa Sindical del Paseo del Prado de Madrid (1955) obra de Francisco de Asís Cabrero Torres-Quevedo.

Sin embargo, la arquitectura historicista pervivió aún unos años como expresión de una Nueva España en la que los buenos usos y costumbres y las referencias a lo tradicional se imponían entre la burguesía capitalina y también, y, sobre todo, de provincias.

Al calor de este furor herreriano proliferaron las viviendas burguesas (los programas de vivienda barata para las clases obreras seguían patrones más austeros y funcionales) de amplia superficie, con programas de uso diseñados para la convivencia de una familia y su servicio doméstico; por lo general con dobles circulaciones, estancias interconectadas y largos pasillos.

La reforma de la vivienda de Arzobispo Guisasola parte de una vivienda de esta tipología, conservada casi en estado original y practicante inhabitada durante décadas que conservaba el espíritu de la impuesta dignidad.

Su programa contaba efectivamente con dos accesos, uno para zona de servicio (cocina, despensa, aseo, dormitorio y baño) y otra principal con recibidor, comedor, salón, gabinete, tres dormitorios y un baño completo.

Su estado era muy precario y ninguno de los elementos de la vivienda estaba en condiciones de ser conservado de modo que planteamos una reforma integral que partiera de la premisa de convertir una vivienda burguesa de mediados del S.XX en su mejor versión de 2020.

El diseñador y la propiedad trabajaron estrechamente para definir un programa de usos que dividiera la vivienda en tres zonas: un espacio de servicio, un espacio público y uno privado. Todo ellos comunicados de forma continua y permeable.

En el espacio de servicio se mantuvo el acceso independiente y se generó un recibidor con un gran armario de servicio. El baño original se convirtió en despensa y la despensa cogió un aseo de cortesía. Sin más barreras de acceso se unió la cocina y un desayunador o comedor de diario y se dejó un espacio independiente para el cuarto de lavado.

En el espacio público se creó un gran salón comedor con un acceso oculto a la vista que nos lleva a un distribuidor que actúa como antesala del dormitorio principal y del de invitados, cada uno con su baño completo.

Toda la decoración es un tratado de arquitectura racionalista, si bien se hace un repaso por sus diferentes corrientes (organicismo, estatismo, arquitectura emocional…)

Para la zona de servicio se optó por un estilo de decoración muy inspirado en los principios de la arquitectura emocional de los que el arquitecto mexicano Luis Barragán es un gran referente. Muebles de tonos naturales, grandes paredes que funcionan como bloques de color, iluminación natural y piezas funcionales que se convierten en exquisitas piezas de diseño cargadas de valor artístico son las principales características. El uso de materiales naturales de factura artesanal como el vidrio tallado, la madera encerada, el barro cocido o el mármol, junto a grandes bloques de color persigue la intimidad de los espacios y la conexión con las emociones de quienes lo habitan porque efectivamente, esta área de servicio está pensado como espacio principal de convivencia de la familia.

Sobre este espacio destaca el aseo de cortesía, revestido de cerámica texturizada en el que se han utilizado sanitarios de acero inoxidable que refuerzan la identidad de la vivienda como espacio abierto y funcional que se llena de color mediante la instalación de un neón, un guiño más que evidente a los tiempos en que las discotecas eran canallas y los baños el lugar más divertido del local.

Como espacio de transición entre el área de servicio y la parte pública, el diseñador quiso recuperar una antigua pieza característica de las viviendas burguesas de principios del siglo, el pasaplatos, un pequeño cuarto que separa la zona de servicio del comedor y que aloja todos los utensilios de mesa a un paso del comedor y de la cocina. El pasaplatos está formado por dos grandes cristaleras con carpintería de madera de sección cuadrangular entre las que se sitúan dos muebles diseñados y fabricados artesanalmente a medida con piezas de resina incrustadas en las puertas inspiradas en la obra del artista asturiano Alejandro Mieres, uno de los favoritos del diseñador y de los propietarios de la vivienda.

La parte pública se concibe como una gran sala en la que un suelo continuo de hormigón pulido y teñido en tonos blancos y acabado brillante nos permite identificar el espacio abierto. La iluminación mediante candilejas y cubos de tejido retroiluminados consigue suplir la falta de luz natural de esta estancia interior. En el centro, separando el recibidor del resto de la estancia, se sitúa una celosía de lamas verticales articuladas de madera de castaño y un conjunto de sofás que conforman una plaza igualmente abierta. Tras él, una pared alistonada de madera esconde una puerta doble con tiradores tallados artesanalmente inspirados en elementos náuticos y una hornacina que hace hueco a la escultura, otra de las grandes aficiones de la propiedad.

Ya en la parte privada, distinguimos la influencia del racionalismo estatista con el uso de recursos decorativos propios de los grandes edificios administrativos socialistas. Moquetas técnicas, alicatados, carpinterías alistonadas que combinan madera y latón, mármoles y, sobre todo, las iluminaciones son tratados con cierta vocación monumental y una exquisita sobriedad, como si de las dependencias de oficiales de Normannenstraße 20 se tratase.

El aseo de invitados utiliza únicamente dos colores, el blanco y el rojo, y una trama de repetición en suelo, paredes y en el techo, en el que se ha construido un espacio modularizado en el que se embebe la iluminación y una jardinera interior. La repetición del módulo de alicatado en cada superficie y las griferías de color -de clara inspiración ochentera- crean un espacio realmente singular para los invitados que puede recordar al escenario de una trama de Mujeres al borde de un ataque de nervios.

El dormitorio principal incluye un vestidor y un cuarto de baño. El vestidor está oculto tras una mampara de madera y vidrio que actúa como cabecero en que dos ménsulas actúan como mesillas de noche. El vestidor tiene, pese a su pequeña superficie, una circulación y funcionalidad extremadamente cómoda gracias a sus dos puertas laterales. El dormitorio da acceso al baño principal a través de una puerta de arco de medio punto presidida por una gran circunferencia de latón: dos geometrías complementarias que al abrirse hacia el baño,juegan con la geometría del tocador, situado inmediatamente tras la puerta y frente a ella.

El baño de la habitación principal está concebido como un cuarto de cuidado personal completamente revestido en mármol verde india. Incluye un inodoro aislado con portería de vidrio, un tocador, una ducha y un pequeño espacio de relax. Mención especial merece el lavabo-tocador, inserto en una gran pieza de Corian diseñada y fabricada a medida en color rojo cuyo interior se ha revestido en espejo de acabado tintado y que utiliza griferías doradas.